
S. SABÁS, ABAD
"Monje y abad del siglo V–VI, fundador de la Gran Laura de Mar Saba en el desierto de Judea y una de las grandes figuras del monacato oriental, defensor de la fe de Calcedonia y modelo de vida eremítica y litúrgica."
saints.labels.origen
Moutalaske
saints.labels.vida
439 – 532
saints.labels.reliquias
En el siglo XII, durante el periodo de los cruzados, las reliquias de san Sabas fueron trasladadas desde Mar Saba a Venecia, donde se conservaron en la iglesia de San Antonio. En 1965, como gesto de acercamiento hacia las Iglesias orientales y símbolo de buena voluntad ecuménica, el papa Pablo VI devolvió sus restos al monasterio de Mar Saba, donde hoy se veneran de nuevo.
saints.labels.virtudes
saints.labels.patronoDe
saints.tabs.biografia
Sabas nació en 439 en Moutalaske, cerca de Cesarea de Capadocia, en el seno de una familia cristiana; su padre era oficial del ejército imperial. Cuando el niño tenía unos cinco años, sus padres tuvieron que marchar por asuntos militares y lo dejaron al cuidado de unos parientes. Las tensiones familiares y el maltrato que recibió de sus tíos marcaron su infancia y lo empujaron a buscar refugio en un monasterio cercano, donde ingresó siendo aún muy pequeño. A los ocho años entró en un monasterio de la zona de Cesarea; allí aprendió a leer y se familiarizó con la Sagrada Escritura. A los diecisiete recibió el hábito monástico y pasó unos diez años formándose en la vida cenobítica, distinguiéndose por su disciplina, obediencia y amor al silencio. Su familia intentó varias veces sacarlo del monasterio y casarlo, pero él se mantuvo firme en su vocación. Movido por el deseo de una vida más radical, hacia los veinte años marchó a Tierra Santa. Se instaló primero en Jerusalén y pronto se puso bajo la guía espiritual de san Eutimio el Grande, uno de los grandes fundadores del monacato palestino. Eutimio, viendo sus cualidades, lo confió al monasterio de san Teoctisto para que se ejercitara primero en la obediencia cenobítica. Después de años de vida comunitaria y de trabajo manual, sus superiores le permitieron retirarse a una cueva en el desierto de Judea, donde vivió como anacoreta, alimentado sólo por la oración, el trabajo de sus manos y el pan que recibía del monasterio los fines de semana. Tras la muerte de Eutimio, Sabas se adentró aún más en el desierto. Su fama de santidad atrajo a otros monjes que buscaban una vida de soledad y oración; poco a poco se fue formando en torno a él una comunidad. Para dar forma a ese grupo de eremitas, hacia el año 484 fundó la Gran Laura de Mar Saba en el valle del Cedrón, al sur de Jerusalén: un conjunto de cuevas y celdas cavadas en la roca, organizadas en torno a una iglesia y algunos espacios comunes. Allí los monjes vivían la semana en soledad y se reunían los sábados y domingos para la liturgia y la comida fraterna. Con el tiempo, Sabas fundó otras lauras y monasterios, hasta convertirse en el líder natural de los anacoretas del desierto de Judea. El patriarca de Jerusalén lo nombró archimandrita de los monjes eremitas, mientras que san Teodosio el Cenobiarca ejercía ese mismo servicio entre los monjes cenobitas. Sabas no sólo organizó la vida monástica, sino que también influyó profundamente en la liturgia: la tradición le atribuye la redacción del llamado Typikon de Jerusalén, una regla de los oficios divinos que marcaría durante siglos la oración de muchos monasterios bizantinos. En el plano doctrinal, Sabas fue un firme defensor de la fe definida en el Concilio de Calcedonia frente a las corrientes monofisitas y origenistas que agitaban Oriente en el siglo V. No se limitó a escribir cartas: viajó en persona a Constantinopla para entrevistarse con los emperadores Anastasio I y, más tarde, Justiniano I, animándoles a sostener la ortodoxia y la comunión con el patriarca de Jerusalén. Su autoridad moral, nacida de una vida austerísima, hizo que sus intervenciones fueran escuchadas con respeto incluso en la corte imperial. Las fuentes hagiográficas –especialmente la Vida escrita por su discípulo Cirilo de Escitópolis– recuerdan numerosos signos y milagros atribuidos a su oración: fuentes de agua que brotan en medio del desierto, lluvias en tiempos de sequía, curaciones y liberaciones de personas atribuladas. Más allá de los elementos legendarios, lo que destaca es la figura de un anciano sabio, severo consigo mismo pero misericordioso con los demás, capaz de unir una disciplina durísima con una gran humanidad. Murió en Mar Saba el 5 de diciembre de 532, con más de noventa años, rodeado de sus monjes, después de haber pasado casi toda su vida adulta en la soledad del desierto. Su laura –hoy conocida como monasterio de Mar Saba– siguió siendo durante siglos uno de los grandes centros del monacato oriental; de ella salieron figuras como san Juan Damasceno y otros grandes teólogos y liturgistas.